"...explorar las distintas maneras que tenemos de hablar con nosotros mismos: la oralidad, el pensamiento y la escritura."

Hablar solos

Nacido en Buenos Aires de emigrantes españoles, terminó de criarse en Granada a donde llegó a los catorce años y en cuya universidad se licenció en Filología Hispánica. Fue profesor de Literatura Hispanoamericana en la misma universidad.
Ganador del Premio Alfaguara de novela 2009 y del Premio de la Crítica 2010, actualmente colabora en la revista Ñ, el ABC, El Ideal y Sur.
‘Hablar solos’ es su más reciente novela.

Leí en su novela que “los escritores se vuelven imparables cuando se les pregunta sobre sus técnicas o sus autores favoritos”. ¿Es esto cierto en su caso? ¿Le gusta hablar de sus libros?

Sinceramente, no mucho. Me fascina conversar sobre mis lecturas preferidas o sobre problemas de estilo, forma, lengua. Sin embargo, siempre me cuesta un poco referirme a mi propio trabajo literario. Me considero más un escritor voyeur que un exhibicionista.
Me emociona mucho más la observación atenta de las vidas de mis vecinos que las supuestas bondades de mi propio ombligo. O, dicho de otro modo, prefiero subrayar las palabras ajenas que comentar las propias. Tanto es así, que la idea que usted cita en su pregunta le pertenece en realidad a otro autor, al que un personaje de mi novela se pone a leer un día.

Hablar solo, todos lo hacemos, ¿cuál es la génesis de su novela?

La idea central de la novela era, por un lado, explorar las distintas maneras que tenemos de hablar con nosotros mismos: la oralidad, el pensamiento y la escritura. Cada una de las tres voces de la novela corresponde a uno de esos modos de dirigirnos a ese Otro que habita, como un interlocutor invisible, dentro de nuestra propia conciencia.
Y, por otro lado, la intención era homenajear a la figura del cuidador, a todos aquellos que han pasado por la experiencia de cuidar y despedir a un ser querido enfermo. Se trata de una figura un tanto olvidada por la ficción, que (un poco a lo Tolstói) suele estar tan fascinada por el enfermo mismo que en general le presta poca atención a las vidas de sus cuidadores.
Me interesaba mucho la posibilidad de narrar cómo se transforma nuestra manera de entender la memoria, el sexo y la lectura después de esa vivencia.

 

¿Qué es lo que une a sus tres personajes?

El silencio. Las contradicciones. El terror. El humor. El miedo hacia el dolor y el deseo de placer, que combaten entre sí como en una guerra invisible. O, como alguna vez dijo Borges sobre la ciudad de Buenos Aires: «no nos une el amor, sino el espanto; será por eso que la quiero tanto». Quizá podría servirnos para resumir los amores de este libro. (¡Y, de paso, para continuar con el vicio de subrayar palabras ajenas!)

 

Elena utiliza diferentes referencias literarias. ¿Cómo las escogió?

Ciertamente, esa era otra cosa que me atraía: intentar narrar cómo funciona la cabeza de un lector.
Mostrarlo subrayando, anotando, comentando los libros que más necesita leer, que buscar para poder nombrar sus propios silencios. No simplemente acumular citas literarias de manera tradicional, sino expresar la relación dialógica, de discusión íntima, que se establece entre un lector y sus libros.
Para elegir esos libros, el personaje de Elena y yo hicimos un trato: ella sólo citaría a autores que yo adoro, y yo los releería siempre desde su perspectiva, como si fuera ella.
Es decir, los autores salieron de mi propia biblioteca, pero todo lo que se subraya y se comenta de ellos le corresponde al punto de vista de Elena. De esa forma me sorprendí a mí mismo releyendo a mis autores preferidos (de Virginia Woolf a Margaret Atwood, de Roberto Bolaño a César Aira, de Irène Némirovsky a Cynthia Ozick, de Mario Levrero a Javier Marías…) de un modo completamente desconocido para mí.
La lectura también consiste en eso, ¿no? Aprender a mirar desde otro lugar.

“Vamos hacia los libros que necesitamos”. ¿Cuáles son los libros que le han ayudado en su vida?

Ah, ese es un secreto que le confesaría solamente a Elena, que tanto me ha enseñado a releer.