La guerra de Malvinas fue aislada de la memoria colectiva de aquel tiempo en la Argentina, de manera tal que solo quedó el recuerdo del momento.

Sobrevivientes

Escritor y periodista, Fernando Monacelli es secretario de redacción del diario La Nueva Provincia  donde escribe “La Palabra Injusta”. Participante de los talleres de Jorge Torres Zavaleta, es uno de los más destacados exponentes de la nueva escuela de la literatura argentina. Su novela “Sobrevivientes” ganó el Premio Clarín de Novela 2012.

Es raro encontrar testimonios, literarios o no, en donde el llamado “instinto maternal” está ausente, ¿cómo construyó la relación de Celina con Tomás?

La relación de Celina con Tomás es la relación entre una persona abandonada – y, en consecuencia afectada en su autoestima – con una responsabilidad, en este punto del tamaño de un hijo.
En su caso, como en el de muchas mujeres, queda al descubierto que el llamado es un mandato ciertamente muy fuerte, pero que puede ser doblegado por las circunstancias.
¿Cuántas mujeres abandonan hijos ante la imposibilidad de criarlos, ya sea por falta de recursos externos o por la carencia de fuerza propia? Celina lo entrega a su ex suegra, que, de alguna manera, es la continuidad de la situación de seguridad donde habitaba antes de que su marido la abandonara.
Pero hay una visión más dura en esa relación. Y es que Tomás es la prueba de que ella fue abandonada. Es decir, su hijo es el espejo en el que ella ve su fracaso, su incapacidad de retener al hombre, que podría extenderse en su incapacidad para ser madre. Tomás le recuerda cada minuto de su vida que Joaquín no la eligió y que, por algo no la eligió. La única manera que tiene de sobrevivir a esto es enfriarse, ser de hielo.

Prácticamente todos los personajes femeninos de su novela han sido abandonados, de una forma u otra, por los hombres de sus vidas. ¿Es esta una realidad común?

Lo que ocurre es que es una novela que busca mostrar la capacidad de sobrevivir que tienen las mujeres. A mi juicio, las mujeres son grandes sobrevivientes, en el sentido de capacidad de adaptación ante cambios abruptos de su realidad.
Los hombres pueden luchar para evitar esos cambios o morir por llevarlos a cabo, pero la adaptación cuando la vida se vuelve inhóspita es una facultad femenina. Es una impresión y no creo tener grandes fundamentos, más allá de la observación de mujeres que me rodean.
Y en cuanto a “los hombres de su vida”, una óptica podría ser que tal vez las mujeres convierten en hombres de sus vidas a quienes las han abandonado, de la misma forma en que los hombres relativizan el amor que sentían por las mujeres que los desairan. Pero francamente no lo sé.

La novela habla de la Guerra de las Malvinas como un recuerdo lejano en la vida de la protagonista mezclado con sus otros recuerdos infantiles. ¿No cree usted que actualmente todas las guerras son lejanas de una cierta forma? Hoy mismo, los Estados Unidos, Francia, Canadá, se encuentran en guerra oficialmente…

Es posible, aunque no sé si la palabra es lejana. Las guerras actuales que usted menciona, desde occidente, parecen ajenas, eventos que nada tienen que ver con la vida cotidiana, como ocurre cuando uno habla sobre las profesiones que no conoce.
Además, las guerras actuales, desde esta parte del mundo, son presentadas como eventos casi cinematográficos. Fíjese que incluso las fotografías de los corresponsales de guerra están editadas para que se vean mejor. El horror de la guerra no se ve, se ven escenas de guerra, en vivo, por televisión, internet, con audio 5.1, pero el horror crudo, sin editar, ya no se muestra.

Para Celina Malvinas es distante, pero por otro motivo, no porque se trató de una guerra librada por profesionales. Por un lado, ella era una adolescente durante el conflicto y, por el otro, la guerra de Malvinas fue aislada de la memoria colectiva de aquel tiempo en la Argentina, de manera tal que solo quedó el recuerdo del momento, flaco, sin el alimento del revivir que supone la creación de ritos en torno a un hecho común.

“No hay solitario inocente en Argentina, eso no existe.” ¿Cree usted que la soledad es el resultado de los errores cometidos en la vida?

Excelente pregunta. No creo que sea un axioma, pero, pongámoslo de esta forma. Las buenas personas, que no son ancianas, suelen tener con quien pasar un rato. De todas formas, en esa frase hay mucho del sentimiento de culpa de Celina. Ella no se considera una buena persona y se condena a la soledad por esto. Entonces invierte la ecuación. Su soledad es la prueba de que es una mala persona, que es lo que necesita decirse para castigar su culpa.

Para Hernán, todos los vagabundos son errantes porque buscan algo, no saben qué buscan, pero buscan. Bajo esa perspectiva, ¿no somos todos vagabundos?

Todos somos vagabundos pero, por supuesto, no todos somos errantes. Creo que en un punto sufrimos una angustia de base por refrenar la pulsión de salir a buscar en un sentido amplio, a cambio de nuestro espacio de confort, donde la tensión vital se vuelve muchas veces demasiado laxa para sostenernos.

Celina dice que en Argentina la deshonestidad de los políticos no asusta a nadie. ¿Cree usted que hay países en los que los ciudadanos aún se asustan cuando descubren a un político deshonesto?

Espero que sí, aunque sé que en todos lados se cuecen habas. El tema es, como dice Vargas Llosa, cuando en un país sólo se cuecen habas.
Celina no se refiere a un político o a políticos en particular, sino a que el juego de la política en países como la Argentina tiene reglas aceptadas por todos (políticos y no políticos) cuyos límites morales se encuentran a kilómetros de distancia de los límites morales que la misma gente aceptaría para sus vidas privadas o sociales. La gente asume que la política es un ámbito de corrupción, como asume que una pareja tiene conflictos o que un adolescente se va a rebelar.
Este fue un proceso paulatino de degradación de lo aceptable. En el libro se le compara con la línea de edificación en las playas, donde poco a poco, las construcciones han ido ganando espacio más cerca del mar.